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Capítulo 1
Brasil, Siglo XVI
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En los viajes entre Europa y América la higiene era precaria y la muerte acechaba en las embarcaciones. Cerca de 20% de los embarcados en los buques eran niños varones, en su mayoría grumetes, que estaban en la base de la jerarquía de la tripulación. Eran niños reclutados entre los miserables de Portugal y su sueldo ayudaría en el sustento de sus familias. Eventualmente, niños de familias judías eran arrancados a la fuerza de casa, con el objetivo de contener el crecimiento de esa población, ya que el viaje era arriesgado y morir era una posibilidad concreta. Esos niños realizaban el trabajo más pesado y recibían la mitad del sueldo de un adulto.
Para las familias, el sentimiento era de desapego e indiferencia con relación a la infancia, lo que puede ser explicado por la baja expectativa de vida, que era en la época de 14 años y la alta tasa de mortalidad infantil (50% se moría antes de completar 7 años).
Por encima de los grumetes estaban los pajes, que realizaban trabajo más liviano, cerca de los oficiales. Grumetes y pajes eran víctimas de violencia sexual, siendo la prostitución una manera de obtener protección (a pesar de la sodomía ser un crimen punible). Los grumetes, muchas veces, morían después de la violencia cometida por los marineros, muchos de ellos embarcados en sustitución de pena de prisión por algún crimen cometido en el Reino. Los grumetes también podían llevar latigazos y ser colocados “en hierros” (encadenados en el sótano).
También embarcaban las “huérfanas del Rey”, que eran intensivamente vigiladas, ya que deberían llegar vírgenes a la colonia, para que se casaran. Algunos colonos y sus hijos, gozaban de privilegios en los buques, ya que eran pasajeros. Cerca de 20% de las embarcaciones naufragaban y, por si acaso eran asaltadas por corsarios franceses u holandeses, los adultos eran asesinados y los niños, esclavizados. En el naufragio valía la regla de cada uno por sí: los niños eran olvidados.
La ocupación portuguesa, hasta el siglo XVIII, se dio sobre todo en la región costera, lo que facilitaba la comunicación con la Metrópolis, el comercio (que se realizaba en una triangulación entre Europa, la costa africana y la costa brasileña) y, por consecuencia, el control sobre lo que hacían los colonos. Las incursiones al sertão (interior) daban prioridad a la captura de indios, la cosecha de las llamadas “drogas del sertão” (clavo, guaraná, cacao, urucum) y a la búsqueda del oro y piedras preciosas. La ocupación efectiva del sertão empieza solamente en el siglo XVIII con el descubrimiento del oro.
Para los primeros portugueses desembarcados no sobraban muchas alternativas: tenían que adaptar lo que la naturaleza disponía a los hábitos traídos del Reino. Así, la mandioca, el maíz y las carnes de caza sustituían el pan, las papillas de avena, los cerdos consumidos en Portugal. El vino, bebida cara porque era importada, cedió lugar a la caña. Los modos también eran más rústicos. No había cubiertos, se comía con las manos. No había porcelanas, se usaban calabazas. Los cuchillos eran vistos como armas y herramientas para abrir camino en la selva.
La relación entre los colonos y la población nativa variaba de lugar para lugar. En la costa de São Vicente, por ejemplo, los tupinambás eran compañeros comerciales de los portugueses. Sin embargo, existía también la práctica de la captura de indios. “Las banderas” eran expediciones que entraban al interior para capturar a los salvajes y someterlos a la esclavitud. Ya los jesuitas recurrían a la estratagema de la catequesis para convencer a los niños a vivir en las escuelas, donde terminaban por desarrollar actividades agrícolas junto con la educación formal. Eventualmente, niños y adolescentes de origen indígena, ya dóciles por la catequesis, eran usados como auxiliares de los colonos en pequeños servicios.
En las villas que contaban con la figura de un padre u otro religioso regular, este era visto como autoridad representante de la Santa Sede, el Vaticano. Él imponía una patrulla moral y también vigilaba por el canon del catolicismo, a través de la catequesis y de la cohibición de prácticas consideradas brujería.
Las ciudades coloniales se organizaban alrededor de la plaza que contenía una capilla/iglesia. Era un espacio que reunía las funciones religiosas y comerciales En esos espacios eran realizadas las fiestas y procesiones (por ejemplo Corpus Christi, visitación de Santa Isabel).
Las primeras casas construidas por los colonos eran muy sencillas, hechas de madera y arcilla, una técnica rudimentaria aprendida con los indios, que consistía en una estructura hecha con ramas y troncos rellenos con barro. Las ventanas eran pequeñas para evitar la entrada de insectos y otros animales. Era común dormir en hamacas, consideradas más seguras que las esteras.
Durante el trabajo de parto era común la presencia de una imagen de Nuestra Señora del “Ó” o Nuestra Señora del Buen Parto. El culto a Nuestra Señora del “Ó” se remonta a los siglos XII y XIII en la Península Ibérica, que alaba el parto del propio Niño Jesús. La imagen de Nuestra Señora del “Ó” siempre presenta la mano izquierda puesta sobre el vientre aventajado, en etapa final del embarazo. La mano derecha puede también aparecer en simetría a la otra, levantada. Se encuentran imágenes con esta mano teniendo un libro abierto o también una fuente, ambos significando la fuente de la vida. En Portugal, esas imágenes solían ser de piedra y, en Brasil, de madera o arcilla.
El vientre de la parturienta era cubierto con reliquias y cordones coloridos para facilitar el parto. Las reliquias eran objetos considerados sagrados y portadores de poderes milagrosos, por haber pertenecido a un santo. Así, supuestas espinas de la corona de Cristo, pedazos de las flechas que mataron a San Sebastián, pedazo del manto de la Virgen María, pedazo de la cruz, eran comercializados y utilizados para toda suerte de ritual de protección, como en el caso del parto.
En los primeros siglos de colonización portuguesa la figura del médico era prácticamente inexistente en Brasil, como en Portugal. El cuidado con el nacimiento era un conocimiento compartido entre mujeres, prohibido a los hombres. Eran las matronas quienes asistían a la mujer en la hora del parto, usando rezas y rituales. La parturienta podría estar de pie, en cuclillas (como las indias), o acostada en la estera. A partir del siglo XVIII, con la opulencia traída por el descubrimiento del oro, las sillas de parir pasan a ser usadas. Las condiciones de higiene eran precarias. El parto sucedía en la propia casa que, normalmente, era de suelo de tierra.
Caldo de gallina, caña y vino eran ofrecidos a la parturienta, con la finalidad de aliviar los dolores.
También con la finalidad de aliviar el dolor y facilitar el parto, era atado en el muslo izquierdo de la parturienta un hígado de gallina recién abatida.
Para facilitar la salida del bebé, los genitales de la madre eran lubricados con grasa, aceite de azucena u otro aceite.
Capítulo 2
Brasil, siglo XVII
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El principal blanco de la acción misionera de los jesuitas eran los niños indígenas, considerados puros y más receptivos al Evangelio.
Una de las estrategias usadas para atraerlos era realizar procesiones selva adentro, llevando a otros niños vestidos de angelitos. En las primeras décadas de colonización era común que esos niños fueran huérfanos portugueses embarcados en buques. Indiecitos “civilizados” también participaban del ritual.
Era común que los indios entregaran a sus niños a los religiosos, en un acto que simbolizaba, por así decirlo, confianza recíproca. Así se formaba una alianza entre ellos, útil especialmente cuando los religiosos eran atacados por otros colonizadores (p.ej. franceses y holandeses).
Los bandeirantes, concentrados sobre todo en la región de la Capitanía de São Vicente, explotaron gran parte del sertón brasileño atrás de oro, piedras preciosas, las llamadas drogas del sertón (cacao, palo-clavo, clavo de olor, vainilla, guaraná, bija, castaña del pará) y esclavos. En este punto radicaba el problema con los jesuitas.
Los padres eran contra la esclavitud de indios, porque entendían que su misión era convertirlos al cristianismo. Los pioneros veían a los nativos con interés comercial. Era bastante común que hubiera conflictos entre esos dos grupos por eso.
“Paulista” era el término más común para referirse a los bandeirantes a lo largo del siglo XVII, ya que gran parte de ellos partía de la Villa de São Paulo de Piratininga, hoy ciudad de São Paulo. La expresión “bandeirante”, relativa al participante de una bandera (expedición) no es colonial. El término fue añadido al diccionario apenas en el siglo XIX, lo que sugiere que no era habitual antes de eso.
La presencia portuguesa trajo no solamente el idioma, la religión y el capitalismo mercantil. Trajo también una serie de enfermedades para las cuales los nativos no tenían inmunidad. Tribus enteras fueron diezmadas por la gripe y por la sífilis.
Casas de bê-á-bá o Confrarías de Niños componían la propuesta evangelizadora del Padre Manoel da Nóbrega y son la génesis de las instituciones escolares en Brasil. Su intención era convertir a indios y mamelucos, que eran considerados hojas en blanco. Las casas eran compuestas por iglesia, sacristía, sala de estudios (donde se enseñaba la lectura, la escrita y la gramática), dormitorio, despensa, cocina y comedor. El exterminio de la población nativa, los límites de la sumisión de los indios (que eran nómades y, al crecer, dejaban a un lado lo que se les había enseñado) y la consolidación de la colonización portuguesa se hicieron acompañar de la sustitución de las casas por los Colegios destinados a los blancos, que pasaron a formar la Élite Colonial al servicio del poder y de la autoridad.
A Companhia de Jesus optou por catequizar as crianças porque eram consideradas mais dóceis que os adultos e, na Europa, iniciava-se uma mudança de mentalidade, segundo a qual os “miúdos” eram vistos como puros, a exemplo do menino Jesus.
Entre católicos era común nombrar a los niños y a los lugares con los nombres de los santos del día. La opción por el nombre también solía estar asociada a un episodio sagrado, por ejemplo, la Villa de São Paulo do Piratininga (hoy ciudad de San Pablo) recibió ese nombre porque los jesuitas fundaron su Colegio en la fecha que se celebra la conversión del apóstol Pablo de Tarso al cristianismo, 25 de enero de 1554.
Los niños terminaban convirtiéndose en vehículo de diseminación de los valores de los colonizadores, pues ellos reprendían a sus padres y acababan contribuyendo para extinguir cuatro hábitos indígenas considerados condenables por la iglesia: la antropofagia, la poligamia, la hechicería y la desnudez.
Una de las características de la Compañía de Jesús era la priorización de la Enseñanza como medio de conversión de los indios. Los principios educacionales de los jesuitas fueron sistematizados, aún en el siglo XVI, en un documento llamado Ratio Studiorum. Esa teoría pedagógica concibe al sujeto como una hoja en blanco, y cree que el aprendizaje ocurre a través de la memorización. Se usaba mucho el teatro, con textos memorizados que retrataban las vidas de los santos y episodios bíblicos.
En lo cotidiano, los religiosos buscaban tratar bien a los pequeños, siendo que posibles reprimendas eran tercereadas para otros colonos, para que no fuera debilitada la confianza entre los padres y los niños.
La muerte era parte del cotidiano de los colonos. Cerca de la mitad de los niños se moría antes de cumplir un año. Era común que las mujeres, cuando indagadas sobre cuántos hijos tenían, dijeran, por ejemplo, “3 machos, 2 hembras y 3 angelitos”.
La costumbre ordenaba que los muertos tenían que ser sepultados en Campo Santo, junto a las iglesias. Los más ricos eran sepultados dentro de ellas. La preparación del cuerpo, que era realizada por las mujeres de la familia, bien como el velorio, ocurrían en la casa del fallecido. Flores eran puestas en las entradas, señalando el fallecimiento. La presencia de plañideras – mujeres, en general pagas, que lloraban la muerte – era habitual. El cortejo fúnebre era acompañado por instrumentos, siendo el más común el tambor cadencioso. La muerte de un niño, de un angelito, como se decía en la época, era envuelta en menos conmoción. Siendo algo común, había siempre un sentimiento de desapego, hasta que (y si) el niño creciera.
Capítulo 3
Brasil, siglo XVIII
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Las ruedas de expósitos surgieron en Europa, alrededor del siglo XV. En Brasil, las primeras ruedas fueron instaladas en el siglo XVII en Salvador y en Rio de Janeiro. La última rueda en funcionamiento, en San Pablo, fue desactivada en 1950.
Las ruedas eran especies de barriles abiertos en uno de los lados, que giraban alrededor de su propio eje. Esto hacía posible que el niño fuera depositado del lado de afuera de la Iglesia o Santa Casa y lo recogieran del otro lado cuando se giraba la rueda. Una campanilla anunciaba el abandono. El niño era entonces acogido por voluntarios que verificaban primero si ya había sido bautizado. En caso negativo, se proveía la realización del sacramento.
Los niños frutos de relaciones extramatrimoniales, hijos de madres solteras, oriundos de familias muy pobres o huérfanos eran aquellos que se dejaban a los cuidados de las Misericordias en las ruedas.
En una sociedad en la que la Iglesia ejercía casi el monopolio sobre la escrita, era raro que el niño expósito se hiciera acompañar por alguna nota. Cuando eso pasaba, se rogaba por el bien del niño y para que fuera bien cuidado. Se informaba el nombre, quizás con la esperanza de que en el futuro pudiera ser encontrado.

Nota: "Este niño está por bautizar. Nació el 07 de enero de 17..."
Las chances de sobrevivencia de un niño expósito eran bajas. Cuando eso pasaba, las Hermandades de la Misericordia entregaban esos niños para que los cuidaran familias a cambio de un pago.
En general, esa estrategia seguía hasta que el niño completaba siete años. Después de eso, el niño realizaba pequeños servicios a cambio de casa y comida.
Las Hermandades de la Misericordia atendían a los pobres, a los enfermos, a los prisioneros, a los locos, a los niños expósitos, a los inválidos, a las viudas pobres y a los muertos sin ataúd. En el caso de los niños expósitos, dado el carácter religioso de la fraternidad, se daba prioridad absoluta al bautismo. Con eso, se imaginaba, estaba garantizada la entrada del niño al paraíso.
Las villas y ciudades coloniales no contaban con servicios hoy considerados esenciales como saneamiento básico y recolección de basura. Los desechos se tiraban a la calle, a los ríos. La basura era transportada por esclavos adquiridos exclusivamente para ese fin y se arrojaba a los ríos, al mar o en matorrales.
Era muy común que algunos niños no llegaran a ser asistidos por las Misericordias. Ellos eran abandonados en las calles, en depósitos de desechos. Era frecuente que se murieran de hambre, de enfermedad o mismo que fueran devorados por animales.
Capítulo 4
Brasil, Século XIX
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Las residencias urbanas del siglo XIX se localizaban junto a las calles, sin distancias frontales o laterales. En los fondos, el espacio libre concentraba la huerta, el jardín y el huerto. Las edificaciones adosadas concentraban actividades de comercio y servicios en la planta baja y la vivienda en los pavimentos superiores.
Solamente a finales del siglo se vuelven más comunes los jardines frontales y las distancias laterales, influencia de la arquitectura europea que buscaba mayor privacidad.
De acuerdo con los relatos de diversos viajeros europeos que circularon por Brasil en el siglo XIX, a los niños esclavos les eran aplicados los mismos castigos que a los adultos.
Flagelos, “bolos” (uso de la palmatoria), tronco, máscara de hojalata eran las maneras más usuales de tortura que objetivaban, por un lado, castigar a los esclavos insumisos y, por otro, cohibir nuevas iniciativas semejantes.
La práctica de libertar a los esclavos se intensifica a lo largo del siglo XIX. De un lado, estaba la presión británica contra la esclavitud. Del otro, el temor de que por aquí los esclavos se revelaran tal y como lo habían hecho en Haití, cuando promovieron la revolución que volvió a la más rica colonia francesa independiente. La libertad se podía otorgar por testamento del propietario (para recompensar a un esclavo fiel o para expresar caridad cristiana), para ofrecer incentivos positivos a trabajadores especializados o, también, por compra de sí mismo.
El Brasil del siglo XIX es un país independiente, la única monarquía de las Américas. Desde la transferencia de la familia real portuguesa, en 1808, hay una verdadera obsesión en civilizar la nación, a través de la imitación de hábitos europeos. Río de Janeiro, municipio de la Corte, pasa por un intenso proceso de urbanización. Otras ciudades siguen la tendencia, a la distancia.
Teatros, Bibliotecas, Museos, Escuelas Superiores se crearon para formar y civilizar a la élite nacional, lo que permitió también la subida de una clase media letrada y abolicionista.
Antes de la independencia no había ninguna Escuela Superior en Brasil. Las primeras son fundadas en la década de 1820. Eso restringía el acceso al título de Bachiller a una pequeña parte de la élite. Sin embargo, existía la llamada formación práctica, en general a través del autodidactismo. Los rábulas, abogados sin bachillerato, ejercían su profesión bajo una autorización del Poder Judicial y podían apenas actuar en primera instancia. Un rábula famoso fue Luiz Gama, negro y militante abolicionista, responsable por la libertad de más de 500 esclavos.
El siglo XIX fue marcado por la discusión en torno de los males de la esclavitud. En el plan internacional Gran Bretaña venía ejerciendo fuerte presión contra la esclavitud, desde la independencia. Como resultado hubo un lento proceso de abolición que tuvo en la Ley del Vientre Libre (también conocida como Ley Rio Branco, el autor del proyecto de ley) un momento importante. La entrada en vigor de la ley en 28/09/1871 impuso a los señores el período de ocho años para adecuarse a ella.
A partir de 1879 o los señores se volvían tutores de los ingenuos (hijos de madres esclavas que, nacidos después de la ley, eran libres) hasta los ocho años de edad o los entregaban al Estado por una indemnización. Apenas 0,1% eran entregues al Estado. Se imagina que este índice bajo se explique por el impacto que la separación de los niños de sus madres podría causar entre los esclavos (¿una victoria de las esclavas?). Hasta los ocho años los ingenuos tutelados no podían realizar cualquier tipo de trabajo. A partir de ahí, podían trabajar a cambio de la comida y del abrigo hasta la edad de 21 años.
El artículo “Escenas de una vida ingenua: esclavitud e infancia en Uberaba (1871-1888)” de autoría de Júlio Cesar de Souza, Renata de Oliveira y Sandra Mara Dantas rescata los autos de un caso involucrando a la niña Alexandrina, de Uberaba (MG) que, en 1881 denuncia por malos tratos a los señores de su madre a la policía. Tanto ella como la madre alegaron que la agresión ocurrió porque ella había barrido un patio pero el viento había traído la suciedad nuevamente. La señora y su hijo, acusados de agresión, alegaron que la niña había robado dinero.
El proceso hace un registro impreciso de que la niña tendría la edad de “siete paso ocho años”. Se especula que fue una estrategia de la policía para eximir a los señores de la responsabilidad de explotar ilegalmente a una ingenua. Si Alexandrina hubiera tenido menos de ocho años, por la Ley del Vientre Libre, ella no habría podido estar realizando ninguna actividad.
Las mujeres esclavizadas lanzaban mano de mecanismos de resistencia para intentar librar a sus hijos de la misma suerte. Abortos e infanticidios eran muy comunes. Eventualmente el abandono en la Rueda de los Expósitos era una alternativa. Los índices de natalidad no eran altos, ya que los africanos traídos para Brasil eran, en su mayoría, del sexo masculino.
Los esclavos eran considerados cosas (res en el lenguaje jurídico de origen latina). O sea, no existía la consideración de que fueran personas, dotadas de voluntad. Los niños nacidos antes de la Ley del Vientre Libre recibían el mismo tratamiento que los adultos, o sea, caso se insubordinaran recibirían los mismos castigos y se esperaba de ellos la misma lealtad, obediencia y comprometimiento con el trabajo que de un adulto.
Los niños dichos ingenuos, hijos de esclavos y nacidos después de la entrada en vigor de la Ley del Vientre Libre (28/09/1871), permanecieron en su mayoría tutelados por los señores de sus madres. Así, los ingenuos permanecían en general hasta los 21 años, siendo que antes de completar 8 años no podía haber contrapartida ninguna. Después de esa edad el señor podía requerir que el niño trabajara a cambio de la comida y del abrigo, lo que en la práctica sugiere la continuidad de la esclavitud.
Cuando nacía un niño esclavo, era común que la madre aplastara la nariz de su bebé así que nacía, para dejarlo bonito. La madre bebía una infusión de hojas y esta misma infusión era usada para empapar paños que eran enrollados en los bebés para alejar al mal de ojo. En el ombligo se aplicaban hojas maceradas.
De acuerdo con directrices del Derecho Internacional (Reglas de Bangkok, discutidas em la 65ª Asamblea General de ONU) y del Estatuto del Niño y del Adolescente, la prisionera embarazada tiene derecho a tener condiciones dignas para el parto, bien como acompañamiento médico y psicológico. El sistema penitenciario debe también garantizar condiciones para que la mujer pueda amamantar y cuidar de su hijo con dignidad.
Capítulo 5
Brasil, Século XX
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El 22 de agosto de 1942 Brasil rompió sus relaciones diplomáticas con Italia y Alemania, saliendo de un largo período de neutralidad. Decisión motivada por el hundimiento de buques mercantes brasileños por los alemanes y también por la presión ejercida por Estados Unidos y el interés en establecer cooperación técnico-militar con estos. La Fuerza Expedicionaria Brasileña fue creada en 09/08/1943 y poco más de 25 mil hombres fueron enviados a Italia para que se juntaran a las tropas del V Ejercito Americano. El objetivo era impedir el desplazamiento alemán en dirección a Francia, tarea cumplida con éxito. Murieron 454 soldados brasileños en el conflicto y sus cuerpos fueron sepultados en el cementerio de Pistoia, en Italia. En 1960, fueron transferidos para Rio de Janeiro, donde fue inaugurado el Monumento Nacional a los Muertos de la Segunda Guerra Mundial, localizado en el Aterro do Flamengo.
La noticia estampada en este diario, es una reproducción de la primera página del Diario Carioca el día 23 de agosto de 1942. En función de la narrativa creada para este capítulo, la fecha del titular fue alterada para el día 24, un lunes, día de expediente normal de trabajo. Agradecemos al lector Cristiano Carneiro, que nos ayudó a localizar este titular.
Era común niños y adolescentes trabajando en las calles, de manera informal, En el trabajo como feriantes, en general, acompañaban a los padres. Como canillitas (vendedores de diarios) y lustrabotas trabajaban solitos y en el límite de la marginalidad. Autoridades se preocupaban con el potencial para la delincuencia que el ejercicio de esas actividades tenía, lo que propició medidas de asistencia social, como la fundación de la Casa del Pequeño Canillita, vinculada a la Fundación Darcy Vargas, en septiembre de 1940. La esposa del entonces presidente Getúlio Vargas ejerció fuerte protagonismo en la filantropía, usando su prestigio de primera dama para amparar a los niños que frecuentaban la casa en régimen de internos, saliendo solamente en el horario de venta de los periódicos.
Algunos días después de concluir el guión de este capítulo, en una charla informal, el autor descubrió que su padre había sido un niño canillita a principios de la década de 1940. Con cerca de 13 años de edad, él vivía solito en la ciudad de San Pablo, pagando un cuarto de pensión con el dinero que ganaba por la venta de los diarios. En sus palabras: “Arrollaba con una cinta que llevaba bajo el brazo. Vendía en el tranvía. Yo me quedaba colgado del lado de afuera para no pagar boleto. Las personas iban agarrando (el periódico) y pagaban con una moneda. De ahí yo saltaba y me tomaba otro tranvía.” Su padre también vendió verduras en un quiosco y trabajó como lustrabotas que, según él: “Era lo que más daba dinero porque en aquel tiempo zapatillas no había.
Cuando los periódicos impresos se volvieron el primer gran vehículo de comunicación en masa, aún en el siglo XIX, surgió el oficio de canillita: en general niños, que se disponían a dormir en la calle para conseguir los primeros ejemplares para reventa. En Brasil, particularmente en Río de Janeiro, tal función fue inicialmente ejecutada por los esclavos y ex-esclavos adultos que se fueron sustituyendo por niños y adolescentes a medida que se entraba en el siglo XX. Esos niños estaban expuestos a muchos peligros, como enfermedades infectocontagiosas, agresiones físicas por la disputa por espacio de trabajo y accidentes con tranvías, ya que buena parte de las ventas era realizada a lo largo de los viajes. Además de eso, era común que los pequeños canillitas fueran considerados delincuentes o marginales, ya que ocupaban la calle y andaban andrajosos.
Frecuentar semanalmente el cine era un acontecimiento. Era común que las personas se arreglaran para ir a los cines para ver - la película y a otras personas – y ser vistas. Las entradas eran baratas, lo que volvía el acceso a las salas bastante democrático. Las estrellas de Hollywood eran objeto de veneración y constituían un ejemplo a seguir en una sociedad de consumo aún muy incipiente.
A las mujeres pobres eran destinados los trabajos similares a los domésticos: limpieza, cocina, manufactura de artefactos delicados como tejidos, cintas, galletas y masas, comercio y servicios generales.
Las primeras industrias brasileñas, de los sectores textil y alimenticio, fueron creadas a principio del siglo XX, empleando sobre todo capital y mano de obra de inmigrantes procedentes de Europa (italianos, alemanes, portugueses y españoles). Las dos Guerras Mundiales acabaron por obligar a la creación de una industria de base nacional, para sustituir las importaciones suspensas. Así, sectores como fundición y siderurgia pasaron a figurar en la industria nacional.
La cuestión del trabajo infantil era asunto de debates desde fines del siglo XIX. Las discusiones se alternaban entre la prohibición (para priorizar el proceso de escolaridad) y la reglamentación. En este segundo caso, era visto como elemento educativo, formador y rehabilitador, una alternativa al vagabundeo. Era común que los niños fueran elegidos para ejecutar funciones de precisión y delicadeza, como la limpieza de la maquinaria. Sus manos pequeñas eran consideradas ideales para la función, aumentando el riesgo de accidentes que resultaban en amputaciones y muertes. A partir de la vigencia de la Consolidación de las Leyes del Trabajo (CLT), en 1943, apenas los mayores de 14 años podían trabajar. Sin embargo, era común que niños menores trabajaran sin registro.
Getúlio Vargas fue presidente de Brasil en dos períodos (1930-1945/ 1951-1954). Entre 1930 y 1945, fue jefe del gobierno provisorio (entre 1930 y 1934), después de haber liderado la Revolución que impidió la posesión de Júlio Prestes, presidente constitucionalmente elegido por la Asamblea Nacional Constituyente, entre 1934 y 1937. Después del golpe de estado, inició el gobierno llamado de Estado Nuevo y se mantuvo en el poder hasta 1945. Alineado a las ideas totalitarias de la época, persiguió oponentes, implementó una política nacionalista y tuvo entre los entonces llamados “trabajadores de Brasil” el apoyo necesario a su continuación. Llamado también de “padre de los pobres” impuso una legislación de trabajo que, por un lado, garantizaba derechos y, por otro, ponía a los sindicatos bajo la tutela del Estado. Mientras fue posible, se mantuvo neutro en la Segunda Guerra Mundial, porque el país mantenía relaciones comerciales equivalentes tanto con los EEUU como con Alemania.
La Segunda Guerra Mundial opuso a las llamadas potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón) con las llamadas potencias Aliadas (EEUU, Rusia y Francia).
Con la declaración de Guerra, el nacionalismo ganó contornos aún más rígidos. Las manifestaciones en idioma extranjero, sobre todo el alemán y el italiano, fueron prohibidas. Eso fue problemático principalmente en el sur de Brasil, que fue colonizado desde el siglo XIX por inmigrantes de origen alemán e italiano. Muchos inmigrantes y descendientes fueron presos y perseguidos. Escuelas mantenidas por las comunidades fueron cerradas por falta de profesores que hablaran portugués.
La Guerra cambió el perfil de la industria y del consumo en el país, pues la industria europea estaba paralizada por el conflicto. Así, sectores como metalurgia, siderurgia y cerámica ganaron impulso.
La película norteamericana “Piernas Provocantes” (Roxie Hart), estrenó en los cines brasileños en 1942 y estaba en cartel en el período en que pasa este cómic. La actriz Ginger Rogers era una de las “Sex Simbols” de la época.
Al comienzo del siglo XX dos novedades incrementaron el paisaje urbano: el tranvía eléctrico y el automóvil. Los automóviles eran exclusividad de los más ricos. Ya los tranvías, vehículos de transporte público, eran una fuente permanente de accidentes. Luego, la publicidad y los niños canillitas descubrieron que los tranvías eran un excelente lugar para ventas de periódicos y para la inserción publicitaria.
La película Hola Amigos estrenó en Brasil el día 24 de agosto de 1942, siendo el primer estreno de una película de los estudios Walt Disney fuera de Estados Unidos. Con 42 minutos, está formada por cuatro animaciones, cada una representando a un país: “Lago Titicaca (Perú), “Pedro” (Chile), “El Goofy Gaucho” (Argentina) y “Acuarela de Brasil” (Brasil), que presentó al loro Zé Carioca. Coincidencia o no, Brasil declara Guerra contra Alemania en la víspera del lanzamiento de la película. Zé Carioca volvería a las pantallas en 1944 en el largometraje Los Tres Caballeros. Se volvió popular en los cómics producidos en Brasil y también en Holanda, siendo poco conocido mundo afuera.
Capítulo 6
Brasil, Século XXI
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Los llamados recolectores realizan una actividad considerada insalubre pues se someten, en los centros urbanos, a dividir las vías con el flujo de vehículos, cargar gran cantidad de residuos sólidos reciclables, exponerse a materiales contaminados y/o corto punzantes. Hay muchas cooperativas de recolectores, lo que termina por garantizar una política de remuneración y algunos derechos laborales. Sin embargo, es grande el porcentual de aquellos que trabajan en la completa informalidad, llevando consigo a sus hijos, lo que, por el Estatuto del Niño y del Adolescente, es ilegal, por exponer al niño a condición degradante.
Filmado a lo largo de dos años (desde agosto de 2007 hasta mayo de 2009), el documental “Basura Extraordinaria” (Brasil, 2010. Dirección Lucy Walker) acompaña el trabajo del artista plástico Vik Muniz en uno de los mayores vertederos sanitarios del mundo: el Jardín Gramacho, en la periferia de Río de Janeiro. Allí, toma fotos de un grupo de recolectores de materiales reciclables, con el objetivo de retratarlos. Sin embargo, el trabajo con esos personajes revela la dignidad y el desespero que enfrentan cuando se les sugiere imaginar sus vidas fuera de aquel ambiente. 
La llamada “fiesta del bebé” es una reunión hecha entre las amigas de la gestante, que se reúnen para tomar un bocadillo y llevarle regalos al bebé. Es bastante común que la familia solicite, ya en la invitación, que se regalen pañales desechables.
Entre las familias de clase media brasileñas, hay una serie de rituales que rodean al embarazo, normalmente asociados a hábitos de consumo. Quien puede, hace un viaje a Miami (EEUU) con el objetivo de comprar ropas y otros utensilios considerados necesarios para el ajuar del bebé a precios considerados mejores que los brasileños. Quien no tiene ese estándar de consumo, mimetiza los hábitos, adaptándolos a su presupuesto.
Hay fotógrafos especialistas en los llamados ensayos de gestantes, un nicho en el mercado de la fotografía. Es común que la pareja mande a hacer un bello álbum reuniendo las mejores fotos.
El cuarto del bebé se concibe casi como un santuario en el que el niño deberá ser acogido y cuidado. Todo está pensado para permitir que los padres y/o la niñera puedan realizar sus tareas y también puedan deslumbrar a las muchas visitas que los recién-nacidos reciben.
En octubre de 2015 un caso de abandono semejante a este fue registrado en el barrio de Higienópolis, en San Pablo. Se trata de un caso límite que expone la permanencia de la relación esclavista entre patrones y empleadas domésticas. La mujer fue identificada porque en la calle en la que vive, en la casa de sus patrones, hay varios circuitos de monitoreo privados que registran todo el proceso de abandono.
La arquitectura de las casas y apartamentos de clase media y alta refuerza la dicotomía patrón empleada, permanencia de la relación casa grande y “senzala”. Es común que las empleadas, migrantes en su mayoría, duerman en la casa de los patrones en cuartos minúsculos adjuntos al área de servicio. Las empleadas domésticas representan la intersección de tres variables de la exclusión en Brasil: el hecho de ser mujeres, negras y pobres.
En el caso real, hubo reacción semejante. Testigo de una sociedad que castiga duplamente a la mujer: primeramente por prohibirla de abortar y, después, por abandonar a un niño que no había sido planeado, ya que no hay una política de donación anónima de recién nacidos; hecho este que nos lleva a la conclusión de que la rueda de los expósitos tenía su dignidad.
Brasil registra un índice de 56% de partos realizados por vía quirúrgica, tal vez el más grande del mundo. Entre los usuarios de sociedades médicas privadas, el índice sube para 85%, muy superior a los 10% que recomienda OMS. Por un lado, muchas mujeres temen al parto natural y a sus dolores. Por otro, hay una enorme resistencia de los profesionales de salud, que prefieren la comodidad de marcar la cirugía electiva lo que permite que no estén siempre a disposición de las maternidades y de las parturientes.
Cuando la regla es que los niños nazcan por medio de cesárea, la fecha del parto es otro ítem más del catálogo de elecciones de los padres.
La obsesión por registrar la llegada del niño acaba por transformar el centro quirúrgico de las maternidades en verdaderos estudios de televisión y fotografía.
Según datos del último Censo de IBGE, realizado en 2010, Brasil tiene casi 900 mil indios en una población de poco más de 200 millones de habitantes. Esos indígenas están distribuidos en 305 etnias y hablan 274 idiomas diferentes. La gran mayoría se concentra en la Región Norte del país (cerca de 30% del total) y apenas 36% viven en centros urbanos. Más del 35% de esos indios tiene menos de 14 años.
Los grupos indígenas que se ven en las grandes ciudades son excepción, pues 63% de ellos viven en territorios que quedan en el interior. El país tiene 505 territorios indígenas, que ocupan 12,5% del territorio nacional.
Hay aquí una cuestión bastante controvertida. De un lado, el niño tiene el derecho a permanecer con la madre. Para eso, la ley de Ejecuciones Penales prevé que los establecimientos carcelarios cuenten con estructura para acoger al niño por lo menos hasta los seis meses de edad y como máximo hasta los siete años. Y por otro lado, el niño tiene derecho también a vivir en comunidad, lo que es incompatible con la vida en la cárcel.